LA REVOLUCIÓN DEL MATE

Dicen que aquel 25 de Mayo lloviznaba. Que el pueblo quería saber. Que la posibilidad de ser libres de España se arengaba en la calle y en los hogares donde ya se tomaba mate.

En 1810 el mate estaba instalado en la vida cotidiana dentro de los hogares y atado a los fogones de las cocinas.

Siglos antes, los kaingang, un pueblo indígena de Sudamérica, masticaban la hoja de la yerba mate al natural y ya habían descubierto sus propiedades medicinales.

Después, los guaraníes sellaron la identidad del mate con su costumbre de secar y moler las hojas de la ilex paraguarinesis para luego infusionarlas en una calabaza cortada a la mitad.

Con la llegada de los conquistadores a América, el mate fue resistido por los primeros religiosos que arribaron para imponer la fe y lo consideraron un enigma maligno capaz de mantener alimentados y despiertos a quienes lo bebían.
El gobernador Hernando Arias de Saavedra lo prohibió en 1616 “por ser un vicio sucio y abominable”, según los registros. Ni los azotes ni las multas doblegaron la costumbre de propios y ajenos de sorber con una bombilla el licor verde de las hojas de yerba mate en su abrazo con el agua.

El mate de 1810

Para los inicios del siglo XIX, el mate era parte de la vida común, se tomaba en todas las clases sociales aunque con detalles que develaban jerarquía.

Los propios de estas tierras seguían usando la calabaza como recipiente y los gauchos preferían la que tenía forma de galleta, rústica y aplastada, sin pie y del tamaño de la palma de la mano.
Sin embargo, los de mayor alcurnia mandaban a hacer sus propios mates con artesanos de la época. En general tenían forma de cáliz – tal como lo impusieron los Jesuitas en las misiones en referencia al símbolo del ritual de las misas- con materiales valiosos o de porcelana y piedras preciosas. Eran altos, brillantes, ostentosos y con pie.

La diferencia también estaba en su interior: para los originarios el mate era solo con yerba mate y agua caliente. Pero los aristocráticos buscaban “elevar” la sencilla infusión mezclando la yerba con clavo de olor, crema y azúcar que por entonces era un alimento muy costoso. El mate dulce era un privilegio de pocos. El azúcar, por ejemplo, consta como uno de los alimentos más caros y que aparecía en escuetas cantidades en las listas de provisiones de los ejércitos.

El mate acompañaba la alimentación de aquellos tiempos en base a maíz, zapallo, batatas y legumbres. El pan se horneaba en las casas y era la base fundamental de la dieta en la revolución de mayo. Era común acompañar el mate con dulces caseros como el membrillo o batata.

El don de saber cebar

Entre los oficios y ocupaciones de 1810 se distingue uno muy particular: el de la cebadora de mate.

El mate era una tradición de puertas adentro, condicionada a la cercanía con el fogón de la cocina.

En cada casa de comerciantes y aristocráticos había una muchacha, generalmente muy joven, que tenía como única tarea acarrear el mate de la cocina a la sala. Esta misión que parece sencilla contenía un talento y cuidado especial para mantener la temperatura del agua, la espumosidad del mate y el orden de la ronda. En años posteriores, artistas plásticos reflejaron en sus pinturas el rol distintivo de quienes tenían el don de saber cebar.

Como el agua a la temperatura justa para la yerba, aquel mayo de 1810 se preparaba para despertar la libertad de un pueblo cuya revolución se hizo con el mate en mano.