33 diputados llegaron a Tucumán después de recorrer cientos de kilómetros para firmar el Acta de la Independencia argentina el 9 de julio de 1816. Fue un camino largo y difícil. El viaje podía durar entre 25 y 50 días en carretas o diligencias. Los convencionales se detenían en ranchos de adobe para dormir y cambiar los caballos y mulas.
Ahí aparece, o mejor dicho, se apronta el mate que acompaña a los constituyentes.
En cada una de esas postas, al llegar los viajeros, la pava ya estaba al fuego con el agua lista para empezar a cebar. El mate era alimento y bienvenida. Se tomaba amargo y con el agua caliente, sin importar la hora del día ni de la noche.
Como el paso de los diputados era fugaz por cada refugio, la mateada era obligatoria antes de partir. El mate del estribo representa mucho más que una tradición instalada. Era el mate de los buenos deseos para el camino que se abría ante los ojos. Se cebaba al lado del fogón y se acarreaba hasta el pie del caballo o las carretas. Se ofrecía de mano en mano como símbolo de despedida y augurio de buen viaje. Era el último mate, el que se tomaba montado al lomo del animal junto al adiós.
El mate no solo acompañaba el viaje de los convencionales. Ya en Tucumán, los registros de la época señalan que los congresales cebaban mate mientras mantenían fuertes discusiones sobre la libertad y los objetivos para la Patria.
El mate, entonces, no distinguía clases sociales ni jerarquías. Estaba instalado en todas las casas, se compartía en las tertulias y en las labores. Era el símbolo común, el que unía a todos, aun antes de que Argentina sea un país.

