MATE INMIGRANTE

Cada 4 de septiembre, en Argentina se conmemora el Día Nacional del Inmigrante. Esta fecha fue establecida por el Decreto N.º 21.430, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, en conmemoración al día en que, en 1812, el Primer Triunvirato firmó el primer decreto fomentando la bienvenida en nuestro país “a los individuos de todas las naciones y a sus familias que deseen fijar su domicilio en el territorio”.
La Constitución Nacional expresa claramente la voluntad de recibir a quienes llegan de otros destinos y el mate ha sido el lazo de unión entre los propios y los que vienen.

La memoria más lejana rescata aquellas fotos desteñidas que aún conservan los descendientes de europeos que llegaban a América por nuevos sueños. La guerra, las hambrunas o los desafíos personales los hacía cruzar el océano hacia una tierra desconocida.

El presente permite comprender que hoy, los inmigrantes que llegan a Argentina, son vecinos de países limítrofes o de otras naciones de Sudamérica. El último censo del Instituto Nacional de Estadística y Censo INDEC (2022) muestra que, a partir de 1991, la población nacida en Paraguay, Bolivia y Venezuela ocupan las primeras posiciones dentro de los extranjeros que se arraigan al territorio argentino.

El mate criollo ha sido, sin dudas, una ofrenda de integración. Difícil de digerir para aquellos inmigrantes que venían de naciones acostumbradas a infusiones frutales, el amargor de la yerba mate fue conquistando paladares y corazones.

Dos ejemplos dan testimonio de que, ante una calabaza con yerba mate seca y su alma sacudida por la calidez del agua, ofrecida de mano en mano, las diferencias se rinden ante un ritual compartido.

RESPETO AL ALMA AMARGA DEL MATE

Los alemanes del Volga traían consigo una historia con un origen desdibujado tras un siglo de destierro. Conservaban lo esencial de su tierra pero le adicionaron resistencia, vocablos, sabores y paisajes cosechados en su derrotero. Cuando llegaron a Argentina, y especialmente a Entre Ríos, se encontraron con guaraníes, chanás, gauchos y judíos establecidos. Era una mezcla de costumbres e idiomas. Solo el mate logró unir las diferencias. Tal vez por su falta de pretensiones. Por su don de calidez y su capacidad de alimentar.

El primer sorbo debió ser más amargo y caliente que lo esperado. Pero el mensaje de bienvenida pudo más. Tanto, que los alemanes del Volga radicados en cualquier rincón argentino decidieron, unánimemente, mantener ese amargor impregnante tal como lo tomaron por primera vez. Y lo combinaron con el dulzor de sus raíces, desde el más profundo respeto. Es así, que donde hay aldeas alemanas con memorias del Volga, el mate todavía hoy se toma amargo y solo se endulza la boca con un terrón de azúcar (procusky) o con un simple caramelo de miel.

OTRO TESTIMONIO, AL OTRO LADO DEL MUNDO

Desde la tierra guaraní, el mate tiene su mensaje de siglos. La yerba mate es medicina, alimento, sabiduría e identidad. Su paisaje es la selva y su alma, el río. A más de 13 mil kilómetros del único retazo de tierra donde germina la caá, los sirios también toman mate. Lo hacen de manera casi idéntica a la argentina con una sola diferencia: su cuenco es de vidrio y no lo comparten. Solo usan en común el recipiente con el agua caliente.

Según Naji Sulaiman, profesor adjunto de botánica aplicada y medioambiental en la Universidad de Ciencias Gastronómicas de Italia, los sirios conocieron el mate cuando emigraron a Sudamérica, atraídos por la industria cafetera, pues en las últimas décadas del Imperio Otomano estaban en busca de oportunidades económicas.

Se instalaron en una región donde el mate es parte de la interacción humana.
Para los sirios resultaba atractivo el aspecto social de una infusión que se comparte durante todo el día, incluso con el mismo mate y bombilla para todos los que integran la ceremonia en ronda.

Después de la Primera Guerra Mundial, cuando algunos migrantes regresaron a su país de visita o para quedarse, llevaron yerba mate en paquetes y sembraron en tierras lejanas la popular costumbre del mate.

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