Cada 11 de septiembre en Argentina se conmemora el Día del Maestro en recuerdo del considerado “Padre del Aula”, Domingo Faustino Sarmiento. La fecha coincide con el día de su fallecimiento en 1888, a los 77 años. No existe ninguna foto de Sarmiento con un mate, sin embargo, en su época era una costumbre que no distinguía clase social. ¿Habrá tomado mate? ¿Lo habrá convidado Urquiza cuando el maestro escribía los partes de guerra del entrerriano? ¿Como presidente de la Nación, alguien le habrá entregado un mate como obsequio? Preguntas que quizás tengan respuesta en algún manual de escuela.
Sarmiento había nacido en una familia muy humilde en la provincia de San Juan. Aseguran que tenía mal genio. Que asociaba la educación y el progreso a la influencia norteamericana y europea; y que el atraso estaba en el caudillismo, los aborígenes y el campo.
En su época, el mate ya se había instalado en la vida cotidiana sin distinción de clase social. La diferencia no estaba en la costumbre sino en los elementos que utilizaban. Calabaza para los pobres, mates con piedras preciosas, de loza y con azúcar en la alta sociedad.
A los 15 años, Sarmiento ya había fundado la primera escuela. Al final de su tarea fueron más de 800 en Argentina. Impulsó la educación libre y pública.
Su madre tejía en telar debajo de una higuera para mantener a la familia. Fue autodidacta, gobernador y Presidente de la Nación. Detestaba a Juan Manuel de Rosas. Vivió en Chile y allí obtuvo la financiación de un viaje para empaparse de pedagogía en Europa. Fundó la primera escuela Normal en Paraná, Entre Ríos. Impulsó la llegada de maestras del viejo continente. Aguantó los gruñidos y mordidas de Purvis, el perro bravo de Justo José de Urquiza cuando el sanjuanino era editor del boletín del Ejército Grande. Y hasta pisó el suelo de los “panza verde” en varias ocasiones, especialmente en su visita al Palacio San José, la ostentosa residencia de Urquiza.
De este derrotero, ninguna imagen lo muestra con un mate. Solo quedaron memorias escritas de su preferencia por los dulces, especialmente la crema de vainilla. Y de su rasgo de sibarita cuando cuentan que, de niño, se metía en la cocina de su casa donde la negra Toribia preparaba el puchero y él tiraba un pan dentro de la olla.
Pero un mate aparece en el camino del educador argentino. Está en una de las vitrinas del Museo y Biblioteca Casa Natal de Domingo Faustino Sarmiento, en San Juan. Entre muebles, libros y vajilla de la casa donde vivió con su familia aparece una pieza muy particular. Se trata de un mate oscuro, con pie de plata, cadenita y un asa larguísima con detalles en metal. A simple vista recuerda a un escorpión por su forma. Al lado, una pava de cobre completa la escena de la más simple de las tradiciones argentinas.
En el siglo XIX, el mate abrazaba la raíz guaraní aunque se desplazaba en bailes y tertulias. Para los pobres era alimento. Para los pudientes, un símbolo de grandeza por los metales preciosos y la costosa azúcar que le adicionaban. Sarmiento no era afecto a este tipo de reuniones pero sus funciones, seguramente, lo habrán empujado a alguna reunión social donde el mate haya llegado a su boca para desdibujar los límites entre civilización y barbarie.



